Por aquellos de mantenerse en lo onírico, publico de una vez lo que recuerdo de una noche en octubre del año pasado.
Va despacio, de equipaje un collage, una película, un sueño. Cada rostro se le confunde amorfo sobre la base de una máscara antigua. Cada amor se le aproxima una visión momentánea de otra década.
Creyó en la física quántica por un segundo, luego la acción convirtiese en nombre.
El nombre:
En íconos,
En Borges,
En desechos de espuma de afeitar.
Su movimiento frustrado imitaba el baile. Y pensaba que danzaría sus saudades si no viviera encerrada en un marco, si ese torpe párvulo con pretensión de Reubens le hubiera dibujado pies.
Frente a ella, aquella delgada figura la miraba atentamente, frunciendo un ceño cejijunto en una mueca burlona. Un eco retumbaba en los pasillos desiertos: “Pies, para que los quiero, si tengo alas para volar".
Lanzarse al aire, amarrarse al viento, ir por la ruta de los comprometidos, de los políticos, de los altruistas...o moverse con la brisa hacia la pintura del cretense.
Inmóvil recordó que una pared separaba sus espaldas. Opuestas sus columnas, como un eje, centro de todo movimiento, pivote extraordinario, ojo de huracán, de rostros perdidos en el trance y encontrados en el deseo. Por que él está ahí, en las caras que le circundan, icono, ideal, utopía.
Ella se abalanza, rompiendo la estructura abraza su espalda, inhala ruidosamente (tinta y ceniza).
En su cuello se palpa el camino, camino de mariposas, de imágenes en lápiz, de mitos. Camino de largas travesías, del andes Yunquiano. Y le mira a los ojos, vacíos de aire de espuma, de estrellas, de libros de pintar y de números.
Se arrodilla como caballero medieval esperando ser honrado, vista al suelo en el temor trágico de mirar el rostro de los dioses. Frente a ella unas rodillas frágiles de caminatas de sueños, unas largas y hermosas manos asustadas de haber amado a ese ángel de ínfimo tamaño, con tarea de papilónido y tan efímero como aquella imagen mental que nunca pudo alcanzar su carbón.
Ella se desdobla, a las Salinas de ninfálidos caníbales y le envía satíridos con mensajes que nunca llegan, como si las redes invisibles a muchos, se volvieran inaudibles.
Lo llama una vez más, erguida frente a él se vuelven cisnes. Entonces el miedo se interpone, intercepta, explota y los lanza en direcciones opuestas. El se aleja y se confunde en el círculo de cabezas sin rostro. Ella regresa al centro a idolatrar su espacio, a dibujar el contorno de sus manos, manos de caminos, de fuego, dedos que se alargan hasta emplumarse y desaparecer en combustión espontánea.
Ella vuelve a arrodillarse, recoge un montón de galletas molidas del suelo y entre ellas, resurge la imagen de él rodeada de heliconios.
Pies para que los quiero si tengo palabras para danzar.

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